Hemos solicitado a los líderes del G7 que dejen atrás la desigualdad de género y el patriarcado

Por Phumzile Mlambo-Ngcuka, Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, y Michael Kaufman, cofundador de la Campaña de la Cinta Blanca e investigador superior del Instituto Promundo

Fecha: lunes, 11 de junio de 2018

Para la mayoría de las personas, la reunión anual del G7 puede parecer una costosa fotografía protocolaria que no conecta con ningún cambio concreto en sus vidas. Sin embargo, para nosotras y nosotros, que contamos con la designación por el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau como miembros de su Consejo Asesor sobre Igualdad de Género del G7, representó una oportunidad única para presionar para que se asuman compromisos sólidos en favor de los derechos de las niñas y las mujeres. Tuvimos la oportunidad de reunirnos con el grupo de siete líderes durante un desayuno y defender firmemente la necesidad de contraer compromisos concretos y de acelerar las actuaciones para lograr la igualdad de género en el plazo de una generación.

En la actualidad existe un impulso y un apoyo sin precedentes para la igualdad de género y los derechos de las mujeres. Con la adopción universal de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que otorgan un lugar central a la igualdad de género, y la atención mundial que han acaparado campañas sobre la eliminación del acoso sexual y otras formas de violencia contra las mujeres, como #MeToo y otras, el apoyo a la mejora de los resultados para las mujeres y las niñas jamás había sido tan elevado. Los innumerables debates que tienen lugar en nuestras oficinas y locales, en nuestras salas de juntas y vestuarios, en nuestros comedores y dormitorios, deben llegar a la mesa del G7.

Los países del G7 representan las economías más ricas del mundo y tienen la capacidad necesaria para impulsar los cambios sistémicos de gran calado previstos en la agenda mundial para el desarrollo sostenible. El impacto de los países del G7 va mucho más allá de sus fronteras. Hemos manifestado a este grupo de líderes que deben utilizar esta capacidad única en beneficio de las mujeres y las niñas.

Junto con el Consejo Asesor sobre Igualdad de Género, hemos planteado un amplio conjunto de recomendaciones.

En primer lugar, es fundamental eliminar la legislación discriminatoria que todavía hoy persiste en los países del G7 y en todo el mundo. También pedimos la supresión de las barreras a la seguridad de los ingresos de las mujeres y a su participación en el mercado de trabajo. A través de medidas concretas, como la promulgación de leyes y la materialización de la igualdad retributiva, se puede conseguir cerrar la brecha salarial entre hombres y mujeres. Y los empleos del futuro, sea en la economía digital o la inteligencia artificial, deben ayudar a cerrar –y no a ampliar más– la brecha de género.

Para la mayoría de las mujeres, la dificultad para lograr un equilibrio entre la vida productiva y la vida reproductiva genera una “penalización de la maternidad” que provoca graves desventajas para ellas en la economía. El grupo de líderes del G7 puede contribuir a conformar una economía que cierre la brecha entre mujeres y hombres mediante unos servicios de cuidado infantil asequibles, licencias por maternidad y paternidad remuneradas y mayores incentivos para que los hombres asuman la mitad del trabajo de cuidados.

Otro de los problemas cruciales que es preciso combatir es la violencia contra las mujeres en el trabajo. Empresarios y empresarias, accionistas, clientes, sindicatos, consejos de administración y ministras y ministros tienen la obligación de aumentar la seguridad en el lugar de trabajo, exigir responsabilidades a los agresores y acabar con la impunidad. La nueva norma de la Organización Internacional del Trabajo para poner fin a la violencia y el acoso en el trabajo debería contar con apoyo para estimular mayores avances en esta esfera.

Nada de esto será posible sin contar con la plena participación y la voz de las mujeres en todos los foros de adopción de decisiones. Acogemos con agrado el creciente número de países que han alcanzado la igualdad de género en sus consejos ministeriales. Es necesario que otros países sigan su ejemplo, una tendencia a la que también debe unirse el sector privado.

Los hombres ostentan todavía un control desproporcionado en las instituciones políticas, económicas y religiosas, así como en los medios de comunicación; esto les confiere una responsabilidad especial: la de respaldar activamente el cambio cultural y normativo. Las voces y acciones de los hombres, incluidas las de nuestros líderes políticos –que son en su mayoría hombres–, son esenciales debido a la enorme repercusión que tienen sobre las actitudes y el comportamiento de otros hombres.

Celebramos el anuncio de Canadá, la Unión Europea, Alemania, Japón, el Reino Unido y el Banco Mundial de una inversión de casi 3.000 millones de dólares estadounidenses para la educación de las niñas, que incluye la mayor inversión hasta la fecha en materia de educación para mujeres y niñas en situaciones de crisis y conflicto. Este es un importante paso adelante de cara a construir las bases para un progreso aún mayor.

En nuestro propio trabajo, como Directora Ejecutiva de ONU Mujeres y como escritor y activista centrado en involucrar a los hombres en la promoción de la igualdad de género y la eliminación de la violencia contra las mujeres, los autores de estas líneas hemos sido testigos de drásticos cambios en los últimos decenios. El coraje de muchas mujeres y el liderazgo de los movimientos de éstas han conseguido que el patriarcado esté desmoronándose al fin ante nuestros ojos.

Sin embargo, se necesita un liderazgo más firme. Un compromiso decidido del grupo de líderes del G7 para llevar adelante esta agenda después de la cumbre podrá poner en marcha la revolución más espectacular y de mayor alcance de la historia de la humanidad. Una revolución que permitirá dejar atrás la desigualdad de género.